Ingite · nº 31 ·Abril 2021

27 INGITE ces y magistrados, les guste o no. Se dan, incluso, sentencias contradictorias y de difícil aplicación en la vida real. No es de extrañar. Todo ello forma un precipitado ne- buloso que cae sobre la sociedad, que no acaba de entender, ni puede distin- guir, cuáles son de verdad las clases de ingenieros existentes; que títulos están dotados de atribuciones profesionales y cuáles no (‘títulos blancos’); si los hay superiores e inferiores, etc. Con todo, el peor de estos gali- matías, la mayor perversión, reside en la elección para estudiar una ca- rrera de ingeniería acorde con estos dos puntos básicos: las preferencias personales y las salidas profesionales. La desinformación viene siendo ma- nifiestamente intencionada en las Es- cuelas de Ingeniería y sus porqués son inquietantes. Se suceden los ministros y todos manifiestan la buena intención de es- tablecer un orden, más liberal, o me- nos. Del actual, dicen que se espera un nuevo Real Decreto que tendría su referencia en las universidades norteamericanas. No faltan quienes ven en los gestos y movimientos del Ministerio de Universidades el reflejo de estrategias preconcebidas en de- fensa ante todo de los intereses de las universidades y en perjuicio de los estudiantes y de las profesiones. Cir- culan informaciones sobre la presión ejercida por ciertos rectores sobre el Ministerio. Sería de esperar que este recabase mayor diversidad informativa y abriese en mayor grado sus ojos y sus oídos: acaso pudiese atisbar así el peso de unas razones que contribui- rían a crear una norma clara y racional, en ayuda de la transparencia en el di- seño de una carrera concebida para el mejor desarrollo de la sociedad. Se esclarecería este enturbiado pai- saje si se atendiese a los orígenes del problema: un ingeniero es un profe- sional universitario con base científica, cuyos conocimientos troncales le per- miten entender a los científicos investi- gadores; de donde se deriva que posee capacidad para comprender la ciencia y aplicarla. Esta generalidad básica de conocimientos se adquiere y puede ejercerse mediante el grado, condición necesaria y suficiente para ser ingenie- ro generalista. La profundización espe- cializada se logra cursando el máster. Y eso es Bolonia... además del sentido común. Pero España es diferente y subvierte este orden elemental: se da prioridad a la especialización y se posterga lo ge- neral. Esa subversión es perversa, pues los graduados de 3 o 4 años se titulan con la única finalidad de acceder a los másteres, ordinarios o ‘integrados’, de forma que se devalúa el grado, se retie- ne al alumno más tiempo, se le crea un mayor coste y se demora su acceso al mundo laboral. ¿Por qué en EE. UU. y en la Unión Europea un ingeniero lo es en plenitud sin apellido? En España la tendencia a que los únicos ingenieros de facto sean los acreditados por un máster. O máster o nada, podría decir- se. No es el buen camino. Por todo esto está luchando nues- tro Presidente del Consejo y del INGI- TE, José Antonio Galdón. ●

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